Usamos el anillo de compromiso y de bodas en el cuarto dedo de la mano izquierda gracias a una de las creencias anatómicas más románticas (y equivocadas) de la historia.
Aunque los antiguos egipcios fueron los primeros en intercambiar argollas como símbolo de eternidad, fueron los romanos quienes consolidaron la tradición de en qué dedo colocarlo.
La “Vena Amoris”
Los antiguos romanos creían fervientemente en la existencia de la “Vena Amoris” (traducido del latín como la vena del amor). Según su comprensión de la anatomía, existía una vena específica que corría de manera directa y sin interrupciones desde el cuarto dedo de la mano izquierda hasta el corazón.
Al colocar un anillo de metal en ese dedo, la pareja creía estar conectando sus corazones de manera física. El anillo servía como una especie de sello o atadura que protegía ese vínculo y mantenía el amor a salvo.
La ciencia frente a la tradición
La anatomía moderna nos ha demostrado que la Vena Amoris no existe. El sistema circulatorio es fascinante, pero todas las venas de todos los dedos de la mano tienen estructuras similares y eventualmente llegan al corazón; ninguna tiene una “ruta exprés” o exclusiva.
Sin embargo, la metáfora romana era tan hermosa y poderosa que la tradición sobrevivió a la caída de su imperio, atravesó la Edad Media, ignoró los avances médicos y se quedó con nosotros hasta el día de hoy.

