Hoy en día, guardamos fotografías en nuestros teléfonos o en la nube para recordar a nuestros seres queridos. Sin embargo, si hubieras vivido en la Inglaterra del siglo XIX, probablemente habrías llevado un recuerdo mucho más físico: un broche, un anillo o un collar tejido meticulosamente con el cabello de un familiar fallecido.
Aunque la idea de usar restos humanos como accesorios nos parezca sacada de una película de terror gótico, durante la época victoriana fue la máxima expresión de amor, recuerdo y devoción.
El “Efecto Victoria” y la industria del luto
La popularización de esta tendencia tiene nombre y apellido: la Reina Victoria del Reino Unido. Cuando su esposo, el príncipe Alberto, murió repentinamente en 1861, la monarca quedó devastada. Entró en un estado de luto riguroso que mantuvo durante los siguientes 40 años, vistiendo de negro y utilizando únicamente joyas oscuras o conmemorativas.
Como Victoria era la gran influencer de su época, la sociedad europea y americana no tardó en imitarla. El luto se convirtió en una moda con reglas estrictas y la demanda de “joyería de luto” (mourning jewelry) se disparó.
¿Por qué usar cabello?
En una época con altas tasas de mortalidad y donde la fotografía apenas nacía (y era un lujo carísimo), conservar un recuerdo tangible de un ser querido era vital. El cabello humano era el material perfecto por razones biológicas y sentimentales: no se descompone con el tiempo, resiste la humedad y conserva el color exacto que la persona tenía en vida.
Además, no solo se usaba para recordar a los muertos; también se intercambiaban rizos entre amantes secretos o madres y soldados que partían a la guerra, como un pedazo del alma que acompañaba al otro.
Arte en miniatura
El trabajo con cabello evolucionó de simplemente guardar un mechón dentro de un relicario a convertirse en una forma de arte altamente especializada que requería pinzas, pegamento y lupas.

